El Ticuí

¿Recuerdas Macondo? El calor es igual de insoportable y el sol te quema hasta la raíz de los vellos púbicos. Ese es el Ticuí, Guerrero. Y si pasas algún día por ahí, entenderás que para los melancólicos y los viejos provincianos el resplandor de un lugar paradisiaco culmina con la ruina y la miseria emocional de su gente, de sus tierras y de sus jacales... ese es el Ticuí...¿Recuerdas Macondo?

miércoles, julio 27, 2011

Gordita frustrada





Pasé dos veces frente a él, obstaculizándole la imagen de la televisión.


Él veía un programa en NationalGeographic sobre el mito del calamar gigante que vive en los peligrosos y helados mares de Alaska o Groenlandia.


Cada vez que pasaba frente al televisor, se hacía un lado y me refunfuñaba.

Yo, inmersa en mi felicidad, lo ignoraba.


Hoy, resaltaría en la escuela.


Mis compañeros me verían igual que al resto de las chicas populares.


Después de súplicas y dos semanas de espera, al fin tenía el accesorio fashion a mi disposición.
La turbulencia del mar y los gritos de auxilio del programa captaron mi atención, dejé a un lado el cepillo y me senté en la orilla de la cama para ver qué sería de los investigadores que andaban tras los pasos de los calamares gigantes.


—¿Qué es eso del calamar gigante, manito?
—Pues un calamar…gigante.
—Ah
—Pues sí, tonta.
—¿Gigante como dinosaurios?
—¡Cállate! Ahorita ves.

El caso es que perdí como 40 minutos de mi vida, viendo cómo cinco investigadores casi se matan en la búsqueda del famoso y temible calamar gigante, cuya existencia conocí aquel lunes de agosto, antes de irme a iniciar mi cuarta semana en la preparatoria.


La tormenta, el barco a punto de voltearse, las complejidades para conseguir los recursos para la investigación, los gritos desesperados, los vientos gélidos, las aguas incontenibles, la noche turbia y la rabia de los investigadores, me obligaron a seguir arreglándome para ir a la escuela.



Me estaba cepillando los dientes cuando escuché: “¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Lo conseguimos! ¡Lo conseguimos!”, tiré el cepillo y corrí del baño a la recámara de mis papás para conocer el calamar gigante.


El barco tenía en su parte inferior unos estanques, donde captaban las aguas sustraídas del mar. El investigador con la barba más tupida y canosa, ataviado en un impermeable amarillo, cogió un vaso de vidrio, lo sumergió en el estanque con toda la delicadeza y lentitud que he visto en alguien, con sumo cuidado levantó el pequeño envase y lo puso a contraluz.


“¡Los tenemos! ¡Los tenemos!”, todos celebraron a gritos. La siguiente toma fue el investigador hablando sobre las bondades del hallazgo de larvas de calamar gigante y los créditos comenzaron a invadir la pantalla.


No cabe duda, perdí 40 minutos de mi vida. Esperaba ver algo monstruoso, espectacular, y resulta que los señores encontraron larvas, solamente tres vivas y por cierto, se les murieron en las siguientes 72 horas.


¿Para eso, NationalGeographic hace un pinche programa de 60 minutos?, pensé.


—Mmm, qué padre tu calamar, manito.
—¡Cállate!— increpó mi hermano al sumergirse en el siguiente programa del canal científico sobre aeronáutica y aerodinámica.


—Nos vemos, tú— le dije en el umbral de la puerta de la recámara.
**


Quimi, después de una hora de convivencia al fin me volteó a ver.
De pies a cabeza, me inspeccionó.
Sonrió con un dejo de mofa que aún después de tantos años no logro olvidar.


—¿Así te vas a ir a la escuela?
—¿Así, cómo? ¿Está padre, no?— pregunté nerviosa, caminando hacia el espejo de la recámara, mientras con ambas manos me recorría todo el cuerpo, pensé que traía rota la calceta o la falda...

Me paré frente al espejo y observé detenidamente mi imagen con el uniforme de la preparatoria: falda beige, blusa hueso, calcetas blancas hasta la rodilla, zapatos de tacón con correa —como de bailarina de flamenco, dada la moda de finales de los noventas— y un chaleco beige, del mismo tono de la falda.


Sonreí.


Me veía, según yo, guapísima.


El detalle fashionista era el chaleco. Todas las chicas del colegio lucían espectaculares con tal aditamento, se veían elegantes y por eso supliqué a mi madre que me comprara uno.

**


En la primera semana de clases, los directivos flexibilizaron las normas de etiqueta y permitieron que los alumnos usaran chamarras o suéteres ajenos al del uniforme. La siguiente semana, en los pasillos y en la cafetería advirtieron en papeletas la obligatoriedad de los tonos institucionales en la ropa de los estudiantes.


Pensé que no había nada tan in como la chamarra de mezclilla con el uniforme. Las chicas que aprovecharon la semana, consiguieron novio y además, integraron el grupo de las muchachas más guapas de la escuela del turno vespertino.


Yo, obvio, no figuré. No tenía chamarra de mezclilla en aquellos días, y la única que había en la casa era unaLevi´sde mi hermano, talla 36, que me quedaba ridículamente grande.
El segundo detalle para andar a la moda en la escuela era el chaleco institucional, el cuál podías resaltar con un listón rojo en la cabeza, con el cuello de la camisa cerrado, o bien, con la camisa desfajada.


El chaleco era, pues, mi única alternativa para formar parte de algunos de los grupos populares del colegio y para tener un novio guapo y tierno lo más pronto posible.


—Mamá, cómprame el chaleco.
—¿Chaleco? ¿Para qué lo quieres?
—Mamá, por favor, se ve súper padre.
—Pero hace calor, te vas a estar asando.
—Te juro que no.
—¿Es obligatorio?
—No, mamá, pero Dania ya trae el suyo, y sirve que me tapo la barriga.
—Ay, Selene, por Dios…
—Mamá, es que todas se ven bien elegantes. Por favor. Por favor…
—¿Selene, estamos a 30 grados y quieres traer chaleco?
—En las tardes sopla mucho el viento.
—¿Cuánto cuesta el chingado chaleco?
—Creo que cuesta 120 pesos.
—Vamos, pues.


Caminamos unas cuadras en el centro de la ciudad hasta la tienda especializada en la venta de uniformes de la preparatoria en la que iba.


—¿Hay chalecos? ¿Hay chalecos?— pregunté desesperada cuando entramos al negocio.
—¿De qué escuela?
—Del Cebetis, por favor.
—¿Qué talla?
—Como para mí.

La encargada me observó y sin decir una palabra se dio la vuelta y se perdió en el fondo de la tienda, donde había cajas, bolsas, telas y otros dos empleados.

Antes de irse a entretener con los anaqueles que mostraban ropa para bebés y listones de distintos colores, mi mamá extrajo de su monedero un billete de 100 y otro de 20 pesos y me los entregó.


La señora regresó y buscó en dos alacenas pequeñas que había junto al mostrador.
—¿Cuesta 120 el chaleco, verdad?
—Ajá.

Vi mis billetes otra vez para asegurarme que tenía el dinero justo para hacer la compra anhelada.
—No tengo de su talla, señorita.
—¿Cómo que no tiene de mi talla? ¿Qué talla soy?
—Es talla grande. Sólo tengo chica y no creo que le quede.
Mi mamá volteó y se integró a la vergonzosa conversación.
—¿Y si me mido la chica, mamá?
Ella movió la cabeza en señal negativa y preguntó a la encargada cuándo llegarían las tallas más grandes.
—En dos semanas.
—¿Lo puedo apartar? ¿En dos semanas, el viernes o hasta el lunes?
—Venga el lunes, señorita. No es necesario que lo aparte, esas tallas casi no se venden.
—No vaya a ser la de malas. Se lo dejo pagado.

**

Aquel lunes me levanté temprano y tras mis deberes, le avisé a mi padre que volvería antes del medio día.
Regresé a tiempo para terminar mi tarea y le llamé a Dania para avisarle que ya había comprado mi chaleco.
Era casi la una de la tarde cuando me metí a bañar y cuando mi hermano se levantó y se pasó al cuarto de mis papás a ver la televisión.

**

Viré del espejo y observé a mi hermano.
—¿Qué tengo?
—Pues… tu chaleco.
—¿Mi chaleco? Me veo más delgada ¿No? Me tapa la pancita.
—Mmm… más bien…
—¿Qué? ¿Estoy muy elegante para ir a clases?
—Nooooo… con ese chingado chaleco, pareces… pareces…
—…—guardé silencio, tragué saliva ante el fallo que soltaría mi hermano en unos segundos.
—No sé qué pareces…
—Ash… ahí luego me dices, se me hace tarde— dije, y me di la vuelta. No había dado dos pasos, cuando gritó mi hermano.
—¡Ya sé qué pareces! ¡Ya sé!
Me volví sonriendo hacia él y moví las cejas en señal de desesperación.
—¡Pareces gordita frustrada! Ja, Ja, Ja ¡Te ves re chistosa!
Chistosa, el adjetivo calificativo que jamás pasó por mi mente.
Gordita frustrada, la descripción que no esperaba obtener con el maldito chaleco.

**


Sonreí con indiferencia y me di la vuelta, con el ego destrozado, la vanidad moribunda y el amor propio en agonía.
El autobús del colegio se negó a subirme porque iba repleto.
Claro, pensé, con el chaleco me veo más gorda que nunca.
Caminé con la mirada en el suelo mientras crucé la escuela empapada en sudor, entré al salón y sentí las miradas de mis compañeros y el sudor en las axilas escurriéndome por los brazos.

—Hola, Dania.
—Se te ve bonito el chaleco.
Puse mi mochila sobre el pupitre, jalé mi camisa y me saqué el aditamento fashion.
—Toma, ya no lo quiero.— le dije a mi mejor amiga, mientras le aventaba el chaleco.
—¿Por qué? ¿Qué pasó?
—Nada— le dije y corrí a encerrarme al baño a llorar.

Hasta la fecha, no me pongo un pinche chaleco y de esta escena han pasado ya, casi 15 años.



Imagen de Fernando Botero.


Título: Bailando.





martes, marzo 15, 2011

La chica que baila



Por favor, que mi madre no se entere.
Que por nada del mundo, llegue a sus oídos castos semejante blasfemia.
Que me parta un rayo, antes que mi mami sepa lo que dicen de su hijita, la menor.
**
Al principio, lo reconozco, lo hice por soledad.
Luego, conseguí un argumento laboral.
Ahora, no sé cómo remediarlo.
**
Cuando recién me mudé a Alcanfores, la casa vacía me causaba tristeza.
Extrañaba a Inmundo deprimido en su cuarto.
A Xu dormitando desde la tarde.
A mis odiosas y mojigatas vecinas murmurando en la madrugada.
Me acostumbré a vivir acompañada.
Llegar a la casa nueva, semivacía, rompía un poquito mi corazón.
Sólo un poquito.
Comencé a quedarme en la oficina hasta el cierre de la edición.
—¿Qué no tienes amigos, un novio, vida social? ¿Qué haces aquí? ¡Lárgate!— me insistían mis compañeros.
—¡Qué les importa!— reviraba un poco apenada.
Semanas más tarde, me dejaron en paz.
Después, un embrollo laboral me obligó a ocupar la Subdirección Editorial y con ello, bendito Dios, la justificación para llegar tarde a casa.
**
Los horarios en una redacción son fatales.
Más en mi casa editorial.
Entre Arturo y yo retardamos el cierre, aunque son contadas las veces que ocurre por cuestiones periodísticas, casi siempre lo hacemos por nuestra costumbre de pelear al menos dos horas.
Anyway.
Acostumbro llegar a casa a las tres de la mañana.
Algunas veces, cuando me va bien, a las dos.
De domingo a jueves, mi llegada a casa es ya bien entrada la noche.
Ya hasta conozco los horarios de las series de Sony, Fox & Warner Brothers.
**
Por la mañana, algunos días salgo temprano embutida en ropa deportiva y no regreso más, hasta la bendita madrugada.
—No crean que no me baño, lo hago en el gimnasio, a veces, pues—
Otros días, me despierto pasadas las once de la mañana y corro a la oficina para el programa de televisión.
**
Obvio,el único objetivo de los viernes es dormir hasta que la espalda me mate y el hambre me levante de la cama.
Con marcas de la almohada en la cara y los brazos, entumida hasta de las rodillas, con las manos hinchadas, el cabello enmarañado y un sexy atuendo de pants, pantuflas rosas y camiseta, camino sobre la calle para despabilarme un tanto, mientras Lupita termina de cocinar mi antojo de la semana.
Luego, programo la noche.
Antro, fiesta, cine, películas, pijamada, bar…
Los sábados, la historia se repite.
Con la excepción que mis amigos llegan a la casa a comer.
Juntos planeamos a dónde iremos por la noche.
Los sábados, mis días favoritos, siempre es antro.
**
Mis horarios nocturnos y la afición de dormir los fines de semana, causó revuelo en el multifamiliar que habito.
Comenzaron los rumores.
Por supuesto, fui la última en enterarme.
**
—¿Ya llegó la patrona?— preguntó a Lupita, el vigilante del fraccionamiento.
—No, ya ve que llega bien tarde— respondió la nana.
—Sí, pos, es la última en llegar.
—Así es su trabajo de la pobre.
—Sí, y es retecansado… ¿Verdad?
—Sí, mi niña trabaja mucho.
—Pero la ha de ir rebien, es muy guapa.
—Sí, es guapa.
—Y tiene bonito cuerpo. Está, así, sabrosa.
—Sí, se cuida mucho.
Pos ha de tener mucho trabajo ya con eso ¿no?
—Ajá.
**
Lupita no comprendió bien la relación entre mi físico costeño y mi trabajo, pero jamás entró en detalles.
Después de unas semanas y gracias a la intervención de mi adorable jardinero, entendió todo.
—¿Cómo le va a su patrona?— preguntó a Lupita, el mismo vigilante del fraccionamiento.
—Bien, le va bien. Ya casi termina de pagar el carro.
—Fíjese que algunos vecinos y nosotros pensábamos que la muchacha se dedicaba a… a otra cosa…
—¿Cómo?
—Sí, pensábamos que la muchacha, pos, que era bailarina.
—¿Bailarina?
—Sí, desas de teiboldans
—Ja, ja, ja... ¡Cómo cree!
—Pos, es de que llega re tarde y luego, pos duerme un montón.
—¿Quiénes pensaban que era teibolera?
—Pos los vecinos y nosotros. Hasta me preguntaron lotra vez que onde bailaba… Me dijeron, que “onde bailaba la del seis”. Y yo hasta le dije ¿Quién, la chica que baila? Y pos ni sabía, y me daba harta pena preguntarle a usted.
—¿Quién le preguntó eso?
—Unos vecinos…
—Pero, mi niña es periodista, no teibolera.
—Sí, ya nos dijo el jardinero.
—¿A poco?
—Sí, porque le preguntamos si sabía onde bailaba la señorita y ya nos dijo que era periodista y que llega re tarde porque tiene que imprimir el periódico.
—Ay… pobre de mi niña…
—Ni se preocupe, el jardinero a todo mundo le anda diciendo que es periodista, aunque muchas vecinas creen que es teibolera

Uff…
Ni cómo defenderme.
Con razón, mis vecinas no me saludan.
Pero la mayoría de mis vecinos son muy-muy amables.
Reconozco que me halagó un poco que me vean guapa y buena...
Ja, ja, ja...
Miau.

Título de la imagen: El Nacimiento de Venus (Nascita di Venere)

Autor: Sandro Botticelli

La imagen fue extraída de http://www.google.com.mx/imgres?imgurl=http://diguana.files.wordpress.com/2008/04/el-nacimiento-de-venus.jpg&imgrefurl=http

jueves, enero 06, 2011

Suscribo


La imagen fue sustraída de Post Secret.
Edición 2 de enero de 2010

martes, octubre 12, 2010

Mis vacaciones con los Andraca´s



**
Este texto tiene casi un año en el tintero, mis queridos primos Iván, Pedrito y Omar me lo han exigido hasta con violencia porque uno de los grandes ridículos que aquí leerán fue protagonizado por esta humilde bloggera que retoma El Ticuí para gotear un poquito.
Clin.
Clin.
**
¿Cómo me iba a imaginar que mis primos eran unos maestros en el arte del alcohol?
Tan serios.
Reservados.
Hoscos.
Casi tartamudos.
Pero, qué manera de fluir con un poco de cerveza y güisqui en su sangre.
Carajo.
Y qué ganas de repetir aquel campamento que inició con una venta-móvil de tinacos y terminó en una cruda infernal. —Para ellos, of course—
**
Las reuniones de los Andraca´s son muy peculiares.
Nadie fuma.
Nadie toma.
No se habla de sexo.
No hay competencias de albures.
Mucho menos groserías escandalosas o chistoretes colorados.
Ni comentarios agrios sobre el matrimonio, las esposas o los hijos.
Me atrevería a decir que son, incluso, un poco aburridas.
En los últimos años lo más predominante en las reuniones familiares son los niños.
Hay espacios y temas exclusivos para la nueva generación de Los Andraca´s, en los que por cierto, cada vez somos más pocos los excluidos.
Lo curioso de todo es que no somos cristianos ni pariente alguno milita en el catolicismo recalcitrante.
¿Y por qué todos somos tan mustios?
¡Sólo Dios lo sabe!
Yo, lo juro por el ombligo chilpancingueño, no tengo la más remota idea.
**
Estaba de vacaciones en mi tierra bendita cercada de narcos, cuando Iván pasó a saludarme a la casa de mis padres.
—¿Qué harás?
—Pues nada, dormiré. Como siempre.
—Nosotros vamos a la costa.
—Ah… que les vaya bien.
—¿No vas con nosotros?
—Mmm… ¿A dónde van?
—A Michigan.
—En tres minutos me arreglo.
Ya sabrán, embutí en una bolsa rosa de Kitty un par de calzones, un bikini negro a rayas rojas y dos camisetas muy coquetas.
**
Dos horas más tarde, Omar no terminaba de amarrar los tinacos en su camioneta especial para transportar tinacos y yo loca-desesperada moría de calor en la cabina del vehículo adaptado para el nuevo negocio de May.
Y por fin, nos despedimos de la tía Lulú.
—¿Qué crees gorda?— me dijo Omar.
—¿Qué?
—Ya es retarde.
—¿Y?
—Mejor vamos hacia la Costa Chica.
—¿Hay playa?
—¡Claro, burra!
—¿Y por qué jodidos no arrancas la camionetota?
**
Estábamos como a 45 grados cuando llegamos a un pueblo llamado “Tres Palos” —no, no es albur, es un texto familiar—.
Ese era nuestro caluroso destino.
Yo, sudada hasta las partes inimaginables, dormía completamente desparramada en la cabina y babeaba gustosamente mi maleta rosada, cuando el dulce Borre me gritó:
—¡Ya, no manches! Te dormiste todo el camino.
—Mmmm…
—¡Despiértate!
—Mmm…
—Necesito que anuncies en el perifoneo que vendemos los tinacos.
Yo ni siquiera había abierto el ojo izquierdo, cuando Omar me bajó a jalones del vehículo.
—¡Órale, huevona!
—…Ge migo… (Qué digo)
—Que hay tinacos Andraplás en la casa de don Guillermo, junto a la escuela primaria Vicente Guerrero y que están muy baratos.
—Mmjum.
**
Intenté aclararme la garganta un poco.
Ejem.
Ejem.
Y por más que tallé, mi ojo izquierdo veía borroso aún. Ni hablar de las marcas de la maleta en mi frente y cachete. O de mi pierna derecha entumida, con hormiguitas correteándome las venas.
—¿Y sirve esta chingadera? ¡Jajaja! Está re viejita.
—¡Ya, gorda!
—¡Buenas tardes, gente!— grité en el aparato de sonido que retumbaba en el pueblito costeño.
Esperé respuesta, pero fue en vano.
—¡Gorda!
—…Venimos a vender tinacos Rotoplás…— grité amodorrada en el micrófono.
—¡No seas burra! ¡Andraplás! ¡A-n-d-r-a-p-l-á-s!—susurró mi primito.
—...Ah sí, sí... Venimos a vender Rotoplás marca Andraplás de 20 litros de capacidad…
—¿20 litros? ¡Babosa! ¡Esos son los garrafones! Son de mil litros…
—…Ah sí, sí…los Rotoplás son Andraplás y les cabe mucha, hartísima, agua y estamos vendiendo los tinacos en la casa de Vicente, junto a la primaria de don Guillermo…
—¡Ya, Selene! ¿Qué estás loca?
—… Perdón, perdón… estamos en la casa de Don Guillermo, junto a la escuela Vicente Guerrero… ¡No pierda su oportunidad! ¡Sólo por hoy! ¡Gracias! Los esperamos. Llévelo, llévelo, llévelo…—alcancé a decir antes que Omar apagara el aparatejo.
—Ya, ya, ya.
—Pues no me explicas bien, menso.
—Pues tú eres la comunicóloga y ni siquiera puedes hacer un anuncio.
—Hice lo que pude, además me despertaste a chingadazos. Yo escribo, no ando haciendo anuncios en la calle, ni vendo periódicos a gritos en las esquinas.
—¡Pinche gorda!

**
Casi a las seis de la tarde agarramos camino hacia la playa, y como estaba el horario de verano, llegamos ya con la oscuridad a cuestas.
Iván y Omar comenzaron a armar la casa de campaña, mientras un par de amigos suyos —cuyos nombres he olvidado— los ayudaban fervientemente.
Mientras ellos se ocupaban del refugio, me dirigí a la palapa a ordenar la cena.
Ya no había nada, porque era muy noche.
Sólo cervezas y refrescos nos venderían.
Ellos felices y yo un poco decepcionada.
Nos sentamos en una mesita de madera apolillada y comenzamos a platicar de mil y un cosas.
La plática nos llevó hasta la preparación del caldo de camarón.
A eso de las ocho de la noche, Pedrito hizo contacto con nosotros.
—Que Pedro viene para acá.
—Dile que traiga algo de comer— intervine.
—¿Qué si quieren algo más?
—Sí, que traiga alcohol.
—¿Que qué tomas, Selene?
—Mmm… pues… güiski está bien.
—¿Una o dos?
—¡Una! Con una, nomás.
**
Antes de las nueve de la noche, la propietaria de la palapa donde nos instalamos se acercó a Iván y sus amigos:
—Mijo, les dejo el refri abierto.
—Sí, señora, gracias.
—Mañana hacemos cuentas de lo que consuman.
—Sí, señora, gracias. ¿Hay muchas cervezas?
—Pues como 60, yo creo que sí les alcanza.
—Ja, ja, ja… Gracias.
**
Cuando Pedrito llegó, los Andraca´s y sus amigos ya estaban entonados.
Muy entonados.
Pedro tardó 15 minutos en emparejarlos, pues salía de una fiesta en Acapulco y ya traía unos cuantos grados de alcohol en su cuerpezote.
Evidentemente, la plática llegó a terrenos prohibidos para el ambiente familiar.
¡Sexo!
Ay Dios, quién me manda a escuchar semejantes pláticas.
Iván nos contó sus posiciones favoritas.
Omar, un hombre ya arrejuntado, se limitó a escuchar y a reírse de su hermano.
Prudente, yo, no toqué mis asuntos sexuales.
Pero el ambiente estaba en su punto.
Luna llena.
Clima caluroso.
Mucho alcohol.
Puros hombres.
Una loca desmadrosa entre ellos que orinaba a escasos metros de ellos por temor a los malditos perros que custodiaban los sanitarios.
Y entonces Pedrito, el guapo soltó:
—Pues, yo no sé qué tengo, pero la neta las viejas me lo piden a gritos.
—¡Ay, Pedro!
—¡Es neta!
—Miren, el otro día una de las muchachas que me renta llegó a la casa bien borracha. Ya estaba bien dormido, y que me grita que la bajara a ver. Yo bajé, pues y la ayudé a acostarse. Ya en la cama me dijo que qué onda. Yo muy respetuoso le dije que se durmiera tranquila y me subí a mi cuarto a dormir.
—¿Y luego?— preguntó Iván.
— Pues nada, pero me la pedía a gritos.
Todos nos carcajeamos…
—El caso señores es que algo tengo, pues. Algo tengo…
—¿Qué es de chocolate o qué?— le pregunté.
—En serio, Selene, nomás sienten la puntita y gritan como locas…
—¡No mames! ¡No m-a-m-e-s!
—Neta, nomás me sienten la puntita de la verga y enloquecen…¡Gritan! “¡Aaah! ¡Ahh! ¡Aahh!” Yo digo, si no estoy haciendo nada y ya están bien mojadas…
Iú.
Doble iú.
**
Cerca de las cuatro de la mañana, me disculpé y me retiré a la casa de campaña, advirtiéndoles que me levantaría muy temprano para correr en la playa.
Ya acostada le pedí a Omar un vaso con agua.
Me dormí unos minutos en el transcurso del vaso de agua.
Soñé que había viajado en un cohete a la luna.
—Gorda, gorda…
—…
—¡Gorda, gorda!— Dijo Omar abriendo la casa de campaña.
Yo me senté en automático y observé la arena gris y las dunas plateadas.
“¡Jesús estoy en la luna!”, pensé.
—Gorda, goooorda…
—¿Qué, ya me bajo del cohete?
—¿De qué hablas, mensa?
—¿Del cohete? ¿Ya llegamos a la luna?
—¿Qué estás peda?
—Ja, ja, ja… estaba soñando.
—¡Tómate tu agua y ya duérmete, borracha!
—No estoy borracha, estaba dormida.
—Ajá sí, cómo quieras.
**
Escuché las voces y las opiniones sobre la cualidad de Pedro de hacer gritar a las mujeres sólo con la puntita unos minutos.
Después, caí desmayada en un sueño profundo hasta que los gritos se volvieron berridos y la brisa marina, una lluvia de patadas sobre mí.
—¡Órale, levántate! ¡Levántate!

—¡Pinche, gorda! ¿Qué no ibas a correr? ¡A correr! ¡A correr! ¡A correr!
—¡No, manches son las seis, nomás dormí dos horas!
—¡A correr, a correr!
—¡Quiero dormir!
—¡Arriba, arriba, arriba!
Mis primos perfectamente borrachos colapsaron la casa de campaña y me vi obligada a salirme del refugio.
Me puse los tennis y los seguí.
—No corran, están borrachos…¡Iván, Pedro, Omaaaaar! ¿Qué están locos?
—Na gardaaaa, she vamosh mpañar a correr…— balbuceó Iván.
—Pero están bien borrachos.
—Esho oon mmpórta…¡Órrele, che ordaaaaa!— dijo Pedrito.
—¡Pinches locos!
**
Caminé un kilómetro a su lado, hasta que comenzaron a correr como rateros.
—Amosh todosh a correr.
—Que nadie she quede atrash…
Ja, ja, ja.
Ya no los seguí.
Menos con sus cánticos militares embriagados.
Caminé otro tanto y me regresé al percatarme que nunca los alcanzaría.
Pedro e Iván tenían el objetivo de llegar corriendo a la barra, allá donde se junta el mar con la laguna. Según la información recabada, la distancia eran más de tres kilómetros.
Omar, menos borracho que el otro par, se fue tras ellos para cuidarlos.
Súbitamente, Iván dejó de correr.
—Engo shueño —dijo y se tiró a la arena.
Como desmayado.
Omar se acercó y le pidió que se levantara.
Iván no reaccionó.
Se acomodó y se durmió en la arena.
**
Yo estaba acostada en la hamaca y a lo lejos vi una cuatrimoto.
Me puse de pié.
Omar corría junto a la patrulla motorizada.
Iván yacía como costal de papas en el asiento trasero.
—¿Qué pasó?— pregunté.
—Este pendejo se desmayó y me lo traje en la moto.
—Ja, ja, ja.
—¡Gracias, policías!
—De nada. Hasta luego.
Ya acuéstalo en la hamaca.
—¿Y Pedro?
—Allá viene, míralo.
—Pinche gorda, ni fuiste a correr conmigo— balbuceó Iván.
—Ya duérmete, pinche borracho.

**La imagen fue extraída de: Blog Reacciona.

martes, septiembre 07, 2010

Vaya usted con Dios



Este texto fue escrito en marzo de 2009
Dedicado a Mundo por su salida de CAMBIO
No podía actualizar mi blog por cuestiones técnicas.
But, I´m Back..

...

Este espacio de humor, hecho desde la redacción, está devastado.

Y no está de humor.

Está en depresión y hundido en un mar de lágrimas.

Seguramente tardará unas cuántas semanas en reponerse de la repentina salida de Edmundo Velázquez de la redacción de CAMBIO.

No es fácil enfrentar la salida del co-escritor de esta columna y, tanto ustedes como yo, sufriremos las repercusiones de su ausencia que se traducirán en una disminución de agudeza, chispa, simpatía, jocosidad, gracia e inteligencia.

Desde que Mundo aceptó hacer Dios en el Poder conmigo, he escrito muy pocas columnas sin él.

Tal vez una veintena o menos.

Decidí ponerme cursi con Mundo porque él es un elemento fundamental de CAMBIO y de mi vida también.

En los últimos dos años, profesional y personalmente, he enfrentado las salidas de Mario Alberto Mejía, Zeus Munive, Efraín Núñez y Yonadab Cabrera. De todas, la de Mundo es más complicada por las fricciones que pudiera ocasionar en nuestra ya añeja amistad.

Conocí a Edmundo en el segundo semestre de la universidad. Entró confundido al salón de clases de Diseño Gráfico y haciendo gala de sus movimientos de muppet y sus ademanes torpes.

No pude evitar una carcajada al verle y él no pudo evitar confundirse más porque, según pláticas posteriores, no sabía si estaba en el salón correcto.

Escasos meses después, casualidades, situaciones o coyunturas nos obligaron a cruzar palabras y anécdotas, y fue ahí cuando nos hicimos amigos.

Nuestros compañeros comenzaron a circular distintas versiones sobre nuestra relación.

Que si éramos amantes.

Que si éramos novios.

Que yo quería con él.

Que él quería conmigo.

Que no, que éramos nuestras respectivas tapaderas.

Que él era gay y yo lesbiana.

El caso es que nunca fuimos novios, ni amantes.

Nunca nos gustamos físicamente, ni con una botella de tequila encima y unos compañeros enfermos de la universidad un día nos obligaron a besarnos.

Iú.

Fue el peor beso de mi vida.

Él jura que solamente besó mis dientes.

Yo trato de no recordar detalles por salud mental.

**

En 2003 tomamos la decisión de vivir juntos en un departamento horrible de la avenida Juárez.

Nunca había agua ni gas.

Después, nos mudamos a nuestra “home, sweet, home”, donde, como toda familia disfuncional, tuvimos que adquirir una sala, un comedor, un horno de microondas, dos tanques de gas y comenzamos una etapa sumamente divertida en la “jom” y en CAMBIO.

A principios de 2005, el buen Zeus Munive me invitó a formar parte de CAMBIO y como regalo de reyes llegamos a la redacción el combo cuates: Mundo y yo.

Zeus, por supuesto, nos formó, nos ayudó y nos protegió de nuestras primeras, segundas, terceras, cuartas, quintas e incontables garrafales pifias.

Edmundo le avisó a algunos amigos que el pasado martes sería su último día en el periódico y algunos de ellos se comunicaron conmigo para hacerme las irremediables dos preguntas:

¿Cómo estás?

Y

¿Seguirás en el periódico o te vas?

A lo que he respondido ya hasta la náusea:

Me siento triste, muy triste por su salida. Devastada. No estoy de acuerdo con ella, pero, creo que como su amiga y cómplice debo respetar sus argumentos y apoyar su decisión.

Considero que la salida de ese cabrón marca la culminación de una etapa en CAMBIO y me encantaría estar aquí para formar parte de la siguiente.

Le he dado vueltas al asunto desde que el gordo ese me avisó que se iba y he llegado a la conclusión de que tal vez no todo sea malo, ni triste.

Es más, hasta encontré algunas ventajas.


Por ejemplo:

Ya nadie ventilará mis intimidades en la oficina.

Ni se estará burlando de mis caderas o mis nalgas.

Ni me alzará el vestido para que se me vean los calzones.

Ni se reirá de mí como orate cuando cometa alguna estupidez.

Ni se comerá mi comida mientras estoy en el baño.

Ni nos estaremos peleando dos veces a la semana para empezar a hacer la calumnia.

Ni me gritará enfrente de todos que soy mi peor enemiga en el momento de comprar ropa.

***

Te voy a extrañar mucho, horrores, Mundo. —Aunque nos seguiremos viendo en la casa, creo—

Dios en el Poder sin ti no será igual.

Y éste periódico pierde a un gran periodista.

Como diría ese enorme poeta Enrique Bunbury

“Que no te falte de nada
que no te de la espalda
la esperanza
que encuentres el buen camino
que sea el tuyo y no el mío
y si es el mismo, enséñamelo”



Que tengas suertecita, pues.


Te adoro, no se te olvide.
El cartón fue realizado por Elmer Sosa y dedicado especialmente para Mundo.
El texto fue publicado en CAMBIO.

domingo, agosto 16, 2009

Un día con la burocracia

A todos nos pasa, todos sufrimos a la burocracia.
Les juro, no hay nada exagerado.
***
A la una de la tarde recordé que necesitaba recoger una información solicitada a través del portal de Acceso a la Información Pública y mentalmente preparada para el tormento me dirigí a las oficinas de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Obras Públicas ubicadas en la recta a Cholula.
En la puerta de la dependencia encabezada por Javier García Ramírez me recibió un amable policía que me hizo el favor de robarme 10 minutos de mi vida:

Policía: ¿A dónde va?
Yo: Vengo a la Unidad de Transparencia, a la Udapi.
Policía: Ajá… ¿Pero, quién la va a atender?
Yo: Ni idea, vengo por un recibo.
Policía: ¿Pero a quién va a ver?
Yo: ¡No lo sé! A alguna encargada, no lo sé.
Policía: Señorita, tiene que decirme a quién verá
Yo: No sé como se llama el encargado o encargada.
Policía: Híjoles… bueno déjeme una credencial.
Amablemente le extendí una credencial del periódico
Policía: ¡Ah! ¿Va a Comunicación Social?
Yo: No, voy a la unidad de transparencia.
Policía: ¡Uchas!... bueno, pásele.
***
Tras recorrer el edificio principal, encontré la oficina de la Unidad para el Acceso a la Información Pública (Udapi)...
Yo: Buenas tardes, vengo por mi recibo para pagar por la información que solicité.
Encargada 1: ¡Charros! Nosotros ya no damos recibo.
Yo: What! ¿Entonces? Me tienen que dar un recibo para que pague ¿No?
Encargada 1: En Finanzas, tú ya tienes tu recibo.
Yo: No, yo nada más tengo la notificación de respuesta. El recibo ¿Qué onda?
Encargada 1: Te digo, ya no damos.
Yo: ¡Nooooooooooooooooooooooooooo!
Encargada 2: Imprímele su notificación.
Yo: ¡Ay, muchas gracias!
Encargada 1: Bueno, te doy tu notificación.
Yo: ¡Gracias! ¿Entonces, ya con esto pago en Finanzas?
Encargada 1: Ajá.
Encargada 2: Oiga, licenciada…
Yo: Dígame…
Encargada 2: Puede pagar con este recibo en la caja de aquí abajo, para que no vaya hasta Finanzas.
Yo:¡Qué felicidad!
***
La caja se encontraba a un lado de la entrada, donde estaba el policía aquél.
Yo: Vengo a pagar esto…
Cajera 1: ¿Qué es esto?
Yo: Usted me cobra y yo recibo mis papeles.
Cajera 1: ¿Cuál es la clave?
Yo: ¿Cuál clave? No tengo clave, éste es el recibo.
Cajera 1: No, pos necesito tu clave.
Yo: Pos éste es mi recibo.
Cajera 1: ¡No tiene clave!
Yo: ¡Y a mí qué! Solamente cóbrame, son 35 pesos y ya.
Cajera 1: No puedo, no tengo el catálago de las claves.
Yo: Cóbrame, por favor.
Cajera 1: Estoy de suplente, no le sé bien a las claves.
Yo: ¡Son 35 pesos!
Cajera 1: ¿Qué te cobro?
Yo: Fojas simples, hojas, 23 hojitas.
Cajera 1: ¡Uy, no! Yo sólo cobro certificadas.
Yo: Cóbramelas certificadas, pero cóbrame…
Cajera 1: Pero cuestan 60 pesos.
Yo: ¡Me vale! Cóbramelos.
Cajera 1: ¡No te puedo cobrar de más!
Yo: ¡Noooooooooooooooooooooooooo!
Cajera 2: Espere, tengo una solución, cóbrale por cualquier concepto.
Cajera 1: Ah, pos tons sí le puedo cobrar.
Yo: ¡La adoro!
Cajera 1: ¡Ups!
Yo: ¿Y ahora qué?
Cajera 1: Es que su recibo dice 34.50 y yo sólo cobro en números redondos.
Yo: Cóbrame… 35, 40, 50 ¡Lo que quieras!
Cajera 1: No, perdóneme, no lo puedo hacer, no le puedo cobrar de más… Pase a Finanzas a pagar.
***
Camino con el entripado hacia la puerta.
Policía 1: ¿Su gafete?
Yo: ¡Aquí está!
Policía 1: ¡Uy, señorita! No le firmaron su pase, regrese a la oficina a que se lo sellen…
Yo: ¡Ay no chingue!
Policía 1: Pos no sale de aquí.
Yo: Quédese con mi credencial.
Policía 1: ¡Pos la tiro a la basura!
Yo: ¡Métasela por donde quiera!
***
Antes de ir a Finanzas, decido pasar a Casa Aguayo (sede del Ejecutivo) por otros recibos de otras solicitudes y llego directamente a la Udapi.
Encargada: ¡Hola!
Yo: Vengo por mis recibos de las solicitudes de información.
Encargada: ¡Claro, Selene!
Yo: Gracias.
Encargada: Pásale con la jefa.
Jefa: Hola, Selene.
Yo: Hola, vengo por mis recibos…
Jefa: Claro, de tus solicitudes.
Yo: Ajá...
Jefa: Sí, ya tenemos tu información.
Yo: Sí, qué felicidad.
Jefa: Ups...
Yo: ¿Qué?
Jefa: Se te pasaron los días, son tres días hábiles y ya pasaron... Lo siento...
Yo: Ajá... ¿Y no me los puedes liberar?
Jefa: Sorry, es por procedimiento, vuelve a hacer tu solicitud de información...
Yo: Claro, lo haré. Ciao.
Jefa: Bye-bye.
***
Me dirijo a Finanzas, sin un gramo de molestia en mi alma, para pagar el chingado recibo de la Secretaría de Obras Públicas…
Justo en la entrada del edificio, suena mi Nextel. Era Mario Alberto Mejía para cotorrear un rato…
Mientras hablaba con él, me dirigí a la máquina que expide los turnos en caja y a punto de apachurrar el botoncito que da el ticket, me encara una señora…
Encargada 1: Lo siento señorita, cerramos 2:30 y ya son 2:32, así que venga mañana.
Yo: Pe-pero…
Encargada 1: Hable con aquel hombre, tal vez le quiera cobrar.
Yo: Gracias... oiga, señor...
Señor: Venga mañana, ya cerré.
Me dio la espalda y se fue...
Corrí con otra cajera.
Yo: ¡Ayúdeme! Vengo desde Cholula ¡Nadie me quiere cobrar!
Cajera: ¿Qué quiere?Yo: Pagar 35 pinches pesos.
Cajera: Ya no puedo, mire, ya cerré. Bye.

Uff…

Y por supuesto, hoy haré las respectivas vueltas antes de que se venzan los tres días hábiles para recoger la jodida información.

Burocracia… ¡Tu lechuguita! (Madalfa, Dixit)

martes, abril 28, 2009

El Miedo a los marranos



8:30 de la mañana. Apenas ha sonado el despertador y ya me he autodiagnosticado: influenza tipo C. Tengo cansancio extremo. No pienso salir de la casa ni por un incendio en el multifamiliar donde vivo desde hace cinco años.
Ya tengo un síntoma.
Definitivamente, estoy enferma.
¿El dolor de cabeza será otro síntoma o es consecuencia de la suma de desvelos?
Cómo duele. Me están reventando las sienes.
Los noticieros de Televisa, Tv Azteca y CNN no hablan de otra cosa.
En la radio, aunque están por terminarse los noticiarios, la nota sigue siendo la misma.
Cambio de estación, prefiero música pop para esta amarga mañana.
Hasta en las frecuencias románticas el tema es el virus mortal.


9:47 de la mañana. El teléfono ha comenzado a timbrar: “¿Qué sabes de la influenza?”
Y la pregunta se repite en mis dos teléfonos.
Amigos, compañeros de la universidad, familiares.
Todos esperanzados en encontrar en mí, una respuesta tranquilizadora.
El jinete de la peste ha llegado a estas tierras. Formamos parte de las profecías y de los textos bíblicos que aluden al exterminio de la raza humana.

Al menos tomaré un baño de agua fría, ello podría calmar este dolor incesante.


10:24 de la mañana. Un estornudo me toma por sorpresa.
¡Achúuuuuuuuuuuuuu!
Un estornudo insulso, soso, ligero.
Palidezco ante el espejo.
Tengo que hacerme unos análisis.
Dios, cuándo me contagié.
¿El viernes en el bar?
¿El sábado en el súper?
¿El domingo en la tienda de la esquina?
Tal vez es un simple resfriado, he dormido con la ventana abierta.
Repaso pretextos en la mente para tranquilizarme.
Casi lo logro.
Ajá.


11:43 de la mañana. Otra llamada entra al celular: “En San Alejandro encuentras a la primera víctima del virus, lánzate a ver qué pasa. Lo confirmó el presidente de la Comisión legislativa de Salud. No respires en el hospital.”
El dolor de cabeza se agudiza y comienza un escurrimiento nasal ya tradicional de mis mañanas, pero esta mañana tiene otro sentido, uno más peligroso, casi apocalíptico.
¿Qué ropa se pone uno cuando el fin del mundo está tocando a la puerta?
Pensé en una bufanda, pero el imperioso calor me obligó a dejarla tirada en la sala antes de abandonar el búnker.
Maldita sea la necesidad de volverme responsable.
Justo ahora, en la víspera de una pandemia de gripe originada en los marranos, que ha obligado a la Organización Mundial de Salud (OMS) elevar al cuarto nivel de alerta en una escala del uno al seis.


11:45 de la mañana. Me ha dado un mareo tremendo.
Es mi paranoia, es mi miedo o qué está pasando.
¿Está temblando?
Está temblando.
Un temblor de 5.7 grados en la escala de Richter sacude el centro del país.
El epicentro está en Tixtla, Guerrero.
Terremoto y peste.
¡Qué bonito día!


12:16 del día. Un cubreboca y un alcohol en gel, me librarán de la estadística de mortandad de la gripe porcina.
Aquellos que se han cruzado en mi camino rumbo al hospital, están preparados para el virus. Al menos tienen un cubreboca azul de cuestionable calidad que los mantiene en calma.
Me detengo en una farmacia de la 31 Poniente. Los instrumentos contra la pandemia se han agotado, y de acuerdo al software de la empresa, en el resto de las sucursales ya no hay paquetes en existencia.
Cuestiono a la señorita de la farmacia sobre el suyo: “Lo he comprado esta mañana en una tienda de artículos para médicos, me costó 50 pesos.”
Madre del creador.
Cuadras más adelante, estaciono al auto frente a otra farmacia. Los cubreboca son un artículo de lujo. No hay en existencia.
50 pesos por un trapito con hilos, cuyo costo hasta la semana pasada no pasaba de los cincuenta centavos.
Un incremento del 10 mil por ciento.
Sí es el fin del mundo.


12:45 del día.
"Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno". Isaías, capítulo 24
El Hospital San Alejandro se llama Manuel Ávila Camacho.
Lo descubro en el camino.
La avenida 15 de Mayo está vacía.
Comienzo a marearme en el patio del nosocomio.
Somos pocos los que estamos desprotegidos.
Somos los menos.
Cubro mi rostro con el antebrazo al ingresar al hospital.
Una señora le está tomando la temperatura a su hijo.
Un señor pasa a escasos dos metros de mí, y estornuda contra un pañuelo desechable.
Médicos, pacientes, enfermeras, intendentes, secretarias, vendedores, todos tienen cubreboca.
Y mi brazo se ha entumido ya de proteger mi nariz.
¿Por qué dejé en casa la bufanda?
Pregunto al personal del nosocomio si me pueden proporcionar un artículo de lujo.
Todas las respuestas fueron negativas.
Cambio de brazo y estiro el derecho para que me circule sangre.
Llego a la dirección, pero no hay nadie que pueda darme informes.
“Es mentira que haya muerto una señora —me informa la secretaria— busque en Comunicación Social del IMSS más información.”
Tampoco me pudo obsequiar un cubrebocas y el teléfono que me ha dado para conseguir más información sería de una joyería, según lo descubriría más tarde.


13:34 del día. Estoy peor que en la mañana. Tengo que pedir ayuda. Ya me acabé de infectar en ese hospital.
Me rodea la infección.
La pesqué el fin de semana.
Me voy a morir.
—¿Atienden a personas que no sean derechohabientes?
—¿Se encuentra bien?
—No, he estornudado un par de veces y me duele la cabeza. ¡Creo que tengo dolor en la espalda!
—Vaya a Urgencias.


13:37 del día. Entro a Urgencias. Un doctor sentado en un rincón del sanatorio, con una deplorable máquina de escribir toma los datos de una señora.
Un letrero enorme en la puerta de cristal establece los cuidados, las formas de estornudar y los síntomas. Leo atentamente la palabra: “Tos”.
Y entonces, mi garganta comienza a rascarme.
Toso nerviosamente.
El vigilante me observa detenidamente.
Un enfermero pide auxilio y espacio para pasar a un enfermo grave en una camilla.
Veo la ambulancia en la entrada.
Es una anciana con gripe.
Me alejo a pasos agigantados de Urgencias.
Regreso nuevamente, y el vigilante me ha cerrado la puerta.
¡Soy la peste!
Corro a la parte posterior de Urgencias.
Parece el área administrativa.
Me acerco a un ventanal con tres señoras detrás.
Parecen amables, pero no me hacen caso.
Hago señas. Toco el vidrio.
Una se apiada de mí y abre una rendija.
—¿Qué se le ofrece?
—¿Atienden a personas que no son derechohabientes?
—¿Qué le pasa?
—Es que tengo los síntomas —dije señalando otro letrero con la información de la pandemia.
—Pues, busque al director, a ver qué le dice —me responde la enfermera al tiempo de cerrar la rendija.


“Por esta causa la maldición consumió la tierra, y sus moradores fueron asolados; por esta causa fueron consumidos los habitantes de la tierra, y disminuyeron los hombres”. Isaías, capítulo 24.


14:20 de la tarde.
Me han convencido desde la redacción que estoy paranoica y me han enviado al Issstep.
Toleré tres minutos la invasión de cubrebocas.
Yo seguía desprotegida y alterada.
Abandoné de inmediato el nosocomio.

Ya era demasiado para mi hipocondría.


14:40 de la tarde.

Telefoneo a mi madre. Está muy espantada con el temblor. Trato de relajarla.

Comienza a espantarme: "En el Santa Fé ya se murió un paciente, me dijo tu hermana. Estoy muy preocupada por ella, se va a infectar. Ya no quiero que esté en el hospital. Tu primo Raúl está grave, pero dicen que de neumonía atípica, dice Irlanda que es influenza".

—¿Y dónde te agarró el temblor?— suelto, para cambiarle el tema

—En las escaleras, con Quimito en mis manos. Cuidate mucho, por favor.

—Es el fin del mundo, mamá.

—Deja de estar jugando, está muy serio todo. Cúbrete, no te hagas la inmortal.

Si supieras, pienso.

15:48 de la tarde.

Recibo una llamada telefónica de un doctor de SAn Alejandro.
Son nueve los casos confirmados, todos diagnosticados como neumonía atípica.
El gobierno está escondiendo cifras.
Decido encerrarme en la redacción.
Nadie me sacará otra vez.

20:35 de la noche.

Estornudé en la oficina.
Escribiré desde mi casa a partir de mañana.


“La úlcera maligna y pestilente sobre los marcados por la Bestia” Apocalipsis, capítulo 15.
***
La imagen corresponde al archivo de CAMBIO y es obra de Ulises Ruiz.
El texto es publicado en el mismo periódico en la edición del martes 28 de abril.