El Ticuí

¿Recuerdas Macondo? El calor es igual de insoportable y el sol te quema hasta la raíz de los vellos púbicos. Ese es el Ticuí, Guerrero. Y si pasas algún día por ahí, entenderás que para los melancólicos y los viejos provincianos el resplandor de un lugar paradisiaco culmina con la ruina y la miseria emocional de su gente, de sus tierras y de sus jacales... ese es el Ticuí...¿Recuerdas Macondo?

domingo, agosto 16, 2009

Un día con la burocracia

A todos nos pasa, todos sufrimos a la burocracia.
Les juro, no hay nada exagerado.
***
A la una de la tarde recordé que necesitaba recoger una información solicitada a través del portal de Acceso a la Información Pública y mentalmente preparada para el tormento me dirigí a las oficinas de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Obras Públicas ubicadas en la recta a Cholula.
En la puerta de la dependencia encabezada por Javier García Ramírez me recibió un amable policía que me hizo el favor de robarme 10 minutos de mi vida:

Policía: ¿A dónde va?
Yo: Vengo a la Unidad de Transparencia, a la Udapi.
Policía: Ajá… ¿Pero, quién la va a atender?
Yo: Ni idea, vengo por un recibo.
Policía: ¿Pero a quién va a ver?
Yo: ¡No lo sé! A alguna encargada, no lo sé.
Policía: Señorita, tiene que decirme a quién verá
Yo: No sé como se llama el encargado o encargada.
Policía: Híjoles… bueno déjeme una credencial.
Amablemente le extendí una credencial del periódico
Policía: ¡Ah! ¿Va a Comunicación Social?
Yo: No, voy a la unidad de transparencia.
Policía: ¡Uchas!... bueno, pásele.
***
Tras recorrer el edificio principal, encontré la oficina de la Unidad para el Acceso a la Información Pública (Udapi)...
Yo: Buenas tardes, vengo por mi recibo para pagar por la información que solicité.
Encargada 1: ¡Charros! Nosotros ya no damos recibo.
Yo: What! ¿Entonces? Me tienen que dar un recibo para que pague ¿No?
Encargada 1: En Finanzas, tú ya tienes tu recibo.
Yo: No, yo nada más tengo la notificación de respuesta. El recibo ¿Qué onda?
Encargada 1: Te digo, ya no damos.
Yo: ¡Nooooooooooooooooooooooooooo!
Encargada 2: Imprímele su notificación.
Yo: ¡Ay, muchas gracias!
Encargada 1: Bueno, te doy tu notificación.
Yo: ¡Gracias! ¿Entonces, ya con esto pago en Finanzas?
Encargada 1: Ajá.
Encargada 2: Oiga, licenciada…
Yo: Dígame…
Encargada 2: Puede pagar con este recibo en la caja de aquí abajo, para que no vaya hasta Finanzas.
Yo:¡Qué felicidad!
***
La caja se encontraba a un lado de la entrada, donde estaba el policía aquél.
Yo: Vengo a pagar esto…
Cajera 1: ¿Qué es esto?
Yo: Usted me cobra y yo recibo mis papeles.
Cajera 1: ¿Cuál es la clave?
Yo: ¿Cuál clave? No tengo clave, éste es el recibo.
Cajera 1: No, pos necesito tu clave.
Yo: Pos éste es mi recibo.
Cajera 1: ¡No tiene clave!
Yo: ¡Y a mí qué! Solamente cóbrame, son 35 pesos y ya.
Cajera 1: No puedo, no tengo el catálago de las claves.
Yo: Cóbrame, por favor.
Cajera 1: Estoy de suplente, no le sé bien a las claves.
Yo: ¡Son 35 pesos!
Cajera 1: ¿Qué te cobro?
Yo: Fojas simples, hojas, 23 hojitas.
Cajera 1: ¡Uy, no! Yo sólo cobro certificadas.
Yo: Cóbramelas certificadas, pero cóbrame…
Cajera 1: Pero cuestan 60 pesos.
Yo: ¡Me vale! Cóbramelos.
Cajera 1: ¡No te puedo cobrar de más!
Yo: ¡Noooooooooooooooooooooooooo!
Cajera 2: Espere, tengo una solución, cóbrale por cualquier concepto.
Cajera 1: Ah, pos tons sí le puedo cobrar.
Yo: ¡La adoro!
Cajera 1: ¡Ups!
Yo: ¿Y ahora qué?
Cajera 1: Es que su recibo dice 34.50 y yo sólo cobro en números redondos.
Yo: Cóbrame… 35, 40, 50 ¡Lo que quieras!
Cajera 1: No, perdóneme, no lo puedo hacer, no le puedo cobrar de más… Pase a Finanzas a pagar.
***
Camino con el entripado hacia la puerta.
Policía 1: ¿Su gafete?
Yo: ¡Aquí está!
Policía 1: ¡Uy, señorita! No le firmaron su pase, regrese a la oficina a que se lo sellen…
Yo: ¡Ay no chingue!
Policía 1: Pos no sale de aquí.
Yo: Quédese con mi credencial.
Policía 1: ¡Pos la tiro a la basura!
Yo: ¡Métasela por donde quiera!
***
Antes de ir a Finanzas, decido pasar a Casa Aguayo (sede del Ejecutivo) por otros recibos de otras solicitudes y llego directamente a la Udapi.
Encargada: ¡Hola!
Yo: Vengo por mis recibos de las solicitudes de información.
Encargada: ¡Claro, Selene!
Yo: Gracias.
Encargada: Pásale con la jefa.
Jefa: Hola, Selene.
Yo: Hola, vengo por mis recibos…
Jefa: Claro, de tus solicitudes.
Yo: Ajá...
Jefa: Sí, ya tenemos tu información.
Yo: Sí, qué felicidad.
Jefa: Ups...
Yo: ¿Qué?
Jefa: Se te pasaron los días, son tres días hábiles y ya pasaron... Lo siento...
Yo: Ajá... ¿Y no me los puedes liberar?
Jefa: Sorry, es por procedimiento, vuelve a hacer tu solicitud de información...
Yo: Claro, lo haré. Ciao.
Jefa: Bye-bye.
***
Me dirijo a Finanzas, sin un gramo de molestia en mi alma, para pagar el chingado recibo de la Secretaría de Obras Públicas…
Justo en la entrada del edificio, suena mi Nextel. Era Mario Alberto Mejía para cotorrear un rato…
Mientras hablaba con él, me dirigí a la máquina que expide los turnos en caja y a punto de apachurrar el botoncito que da el ticket, me encara una señora…
Encargada 1: Lo siento señorita, cerramos 2:30 y ya son 2:32, así que venga mañana.
Yo: Pe-pero…
Encargada 1: Hable con aquel hombre, tal vez le quiera cobrar.
Yo: Gracias... oiga, señor...
Señor: Venga mañana, ya cerré.
Me dio la espalda y se fue...
Corrí con otra cajera.
Yo: ¡Ayúdeme! Vengo desde Cholula ¡Nadie me quiere cobrar!
Cajera: ¿Qué quiere?Yo: Pagar 35 pinches pesos.
Cajera: Ya no puedo, mire, ya cerré. Bye.

Uff…

Y por supuesto, hoy haré las respectivas vueltas antes de que se venzan los tres días hábiles para recoger la jodida información.

Burocracia… ¡Tu lechuguita! (Madalfa, Dixit)

martes, abril 28, 2009

El Miedo a los marranos



8:30 de la mañana. Apenas ha sonado el despertador y ya me he autodiagnosticado: influenza tipo C. Tengo cansancio extremo. No pienso salir de la casa ni por un incendio en el multifamiliar donde vivo desde hace cinco años.
Ya tengo un síntoma.
Definitivamente, estoy enferma.
¿El dolor de cabeza será otro síntoma o es consecuencia de la suma de desvelos?
Cómo duele. Me están reventando las sienes.
Los noticieros de Televisa, Tv Azteca y CNN no hablan de otra cosa.
En la radio, aunque están por terminarse los noticiarios, la nota sigue siendo la misma.
Cambio de estación, prefiero música pop para esta amarga mañana.
Hasta en las frecuencias románticas el tema es el virus mortal.


9:47 de la mañana. El teléfono ha comenzado a timbrar: “¿Qué sabes de la influenza?”
Y la pregunta se repite en mis dos teléfonos.
Amigos, compañeros de la universidad, familiares.
Todos esperanzados en encontrar en mí, una respuesta tranquilizadora.
El jinete de la peste ha llegado a estas tierras. Formamos parte de las profecías y de los textos bíblicos que aluden al exterminio de la raza humana.

Al menos tomaré un baño de agua fría, ello podría calmar este dolor incesante.


10:24 de la mañana. Un estornudo me toma por sorpresa.
¡Achúuuuuuuuuuuuuu!
Un estornudo insulso, soso, ligero.
Palidezco ante el espejo.
Tengo que hacerme unos análisis.
Dios, cuándo me contagié.
¿El viernes en el bar?
¿El sábado en el súper?
¿El domingo en la tienda de la esquina?
Tal vez es un simple resfriado, he dormido con la ventana abierta.
Repaso pretextos en la mente para tranquilizarme.
Casi lo logro.
Ajá.


11:43 de la mañana. Otra llamada entra al celular: “En San Alejandro encuentras a la primera víctima del virus, lánzate a ver qué pasa. Lo confirmó el presidente de la Comisión legislativa de Salud. No respires en el hospital.”
El dolor de cabeza se agudiza y comienza un escurrimiento nasal ya tradicional de mis mañanas, pero esta mañana tiene otro sentido, uno más peligroso, casi apocalíptico.
¿Qué ropa se pone uno cuando el fin del mundo está tocando a la puerta?
Pensé en una bufanda, pero el imperioso calor me obligó a dejarla tirada en la sala antes de abandonar el búnker.
Maldita sea la necesidad de volverme responsable.
Justo ahora, en la víspera de una pandemia de gripe originada en los marranos, que ha obligado a la Organización Mundial de Salud (OMS) elevar al cuarto nivel de alerta en una escala del uno al seis.


11:45 de la mañana. Me ha dado un mareo tremendo.
Es mi paranoia, es mi miedo o qué está pasando.
¿Está temblando?
Está temblando.
Un temblor de 5.7 grados en la escala de Richter sacude el centro del país.
El epicentro está en Tixtla, Guerrero.
Terremoto y peste.
¡Qué bonito día!


12:16 del día. Un cubreboca y un alcohol en gel, me librarán de la estadística de mortandad de la gripe porcina.
Aquellos que se han cruzado en mi camino rumbo al hospital, están preparados para el virus. Al menos tienen un cubreboca azul de cuestionable calidad que los mantiene en calma.
Me detengo en una farmacia de la 31 Poniente. Los instrumentos contra la pandemia se han agotado, y de acuerdo al software de la empresa, en el resto de las sucursales ya no hay paquetes en existencia.
Cuestiono a la señorita de la farmacia sobre el suyo: “Lo he comprado esta mañana en una tienda de artículos para médicos, me costó 50 pesos.”
Madre del creador.
Cuadras más adelante, estaciono al auto frente a otra farmacia. Los cubreboca son un artículo de lujo. No hay en existencia.
50 pesos por un trapito con hilos, cuyo costo hasta la semana pasada no pasaba de los cincuenta centavos.
Un incremento del 10 mil por ciento.
Sí es el fin del mundo.


12:45 del día.
"Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno". Isaías, capítulo 24
El Hospital San Alejandro se llama Manuel Ávila Camacho.
Lo descubro en el camino.
La avenida 15 de Mayo está vacía.
Comienzo a marearme en el patio del nosocomio.
Somos pocos los que estamos desprotegidos.
Somos los menos.
Cubro mi rostro con el antebrazo al ingresar al hospital.
Una señora le está tomando la temperatura a su hijo.
Un señor pasa a escasos dos metros de mí, y estornuda contra un pañuelo desechable.
Médicos, pacientes, enfermeras, intendentes, secretarias, vendedores, todos tienen cubreboca.
Y mi brazo se ha entumido ya de proteger mi nariz.
¿Por qué dejé en casa la bufanda?
Pregunto al personal del nosocomio si me pueden proporcionar un artículo de lujo.
Todas las respuestas fueron negativas.
Cambio de brazo y estiro el derecho para que me circule sangre.
Llego a la dirección, pero no hay nadie que pueda darme informes.
“Es mentira que haya muerto una señora —me informa la secretaria— busque en Comunicación Social del IMSS más información.”
Tampoco me pudo obsequiar un cubrebocas y el teléfono que me ha dado para conseguir más información sería de una joyería, según lo descubriría más tarde.


13:34 del día. Estoy peor que en la mañana. Tengo que pedir ayuda. Ya me acabé de infectar en ese hospital.
Me rodea la infección.
La pesqué el fin de semana.
Me voy a morir.
—¿Atienden a personas que no sean derechohabientes?
—¿Se encuentra bien?
—No, he estornudado un par de veces y me duele la cabeza. ¡Creo que tengo dolor en la espalda!
—Vaya a Urgencias.


13:37 del día. Entro a Urgencias. Un doctor sentado en un rincón del sanatorio, con una deplorable máquina de escribir toma los datos de una señora.
Un letrero enorme en la puerta de cristal establece los cuidados, las formas de estornudar y los síntomas. Leo atentamente la palabra: “Tos”.
Y entonces, mi garganta comienza a rascarme.
Toso nerviosamente.
El vigilante me observa detenidamente.
Un enfermero pide auxilio y espacio para pasar a un enfermo grave en una camilla.
Veo la ambulancia en la entrada.
Es una anciana con gripe.
Me alejo a pasos agigantados de Urgencias.
Regreso nuevamente, y el vigilante me ha cerrado la puerta.
¡Soy la peste!
Corro a la parte posterior de Urgencias.
Parece el área administrativa.
Me acerco a un ventanal con tres señoras detrás.
Parecen amables, pero no me hacen caso.
Hago señas. Toco el vidrio.
Una se apiada de mí y abre una rendija.
—¿Qué se le ofrece?
—¿Atienden a personas que no son derechohabientes?
—¿Qué le pasa?
—Es que tengo los síntomas —dije señalando otro letrero con la información de la pandemia.
—Pues, busque al director, a ver qué le dice —me responde la enfermera al tiempo de cerrar la rendija.


“Por esta causa la maldición consumió la tierra, y sus moradores fueron asolados; por esta causa fueron consumidos los habitantes de la tierra, y disminuyeron los hombres”. Isaías, capítulo 24.


14:20 de la tarde.
Me han convencido desde la redacción que estoy paranoica y me han enviado al Issstep.
Toleré tres minutos la invasión de cubrebocas.
Yo seguía desprotegida y alterada.
Abandoné de inmediato el nosocomio.

Ya era demasiado para mi hipocondría.


14:40 de la tarde.

Telefoneo a mi madre. Está muy espantada con el temblor. Trato de relajarla.

Comienza a espantarme: "En el Santa Fé ya se murió un paciente, me dijo tu hermana. Estoy muy preocupada por ella, se va a infectar. Ya no quiero que esté en el hospital. Tu primo Raúl está grave, pero dicen que de neumonía atípica, dice Irlanda que es influenza".

—¿Y dónde te agarró el temblor?— suelto, para cambiarle el tema

—En las escaleras, con Quimito en mis manos. Cuidate mucho, por favor.

—Es el fin del mundo, mamá.

—Deja de estar jugando, está muy serio todo. Cúbrete, no te hagas la inmortal.

Si supieras, pienso.

15:48 de la tarde.

Recibo una llamada telefónica de un doctor de SAn Alejandro.
Son nueve los casos confirmados, todos diagnosticados como neumonía atípica.
El gobierno está escondiendo cifras.
Decido encerrarme en la redacción.
Nadie me sacará otra vez.

20:35 de la noche.

Estornudé en la oficina.
Escribiré desde mi casa a partir de mañana.


“La úlcera maligna y pestilente sobre los marcados por la Bestia” Apocalipsis, capítulo 15.
***
La imagen corresponde al archivo de CAMBIO y es obra de Ulises Ruiz.
El texto es publicado en el mismo periódico en la edición del martes 28 de abril.

martes, febrero 03, 2009

El macho de la casa


Nada le molesta más que lo acusen de gay, puto o maricón.
Se lo grito cuando peleamos por una naranja, abrir la puerta o una playera.
Ya saben, las clásicas peleas insulsas que se dan entre hermanos con un rango de edad totalmente distanciado.
Quimi tiene 35 años, yo 10 menos.
Y nada le molesta más que lo acusen de gay, puto o maricón.
Se enciende y enloquece, mientras mi madre le pide la verdad y que salga de una vez del clóset.
Eso, le molesta aún más y sigue gritando.
Ensalza sus cualidades de hombre y se erige como el macho de la casa.
Y lo es.
Cómo diablos no.
Sin embargo, un día su discurso se hizo añicos en su propia boca.
Desintegró en tres palabras su lucha viril de años.
Eran las vacaciones de semana santa, comíamos todos en casa de mis padres —ellos estaban de vacaciones en Cancún, y bendito Dios que mi madre no escuchó a su hijo—
Comenzó una sosa conversación sobre los derechos de los homosexuales y mi hermano destacó su alergia a todo lo que huela a arcoiris y se vista de lentejuelas.
—Ya deja ese tema, me rechoca. Habla de otra cosa.
—Ay manito, como si no te gustaran los putos.
—Ya te dije que no soy puto ¡déjame en paz!
—¿Entonces, cómo te defines?
Yo soy, soy, soy insobornablemente homosexual.
Un incómodo silencio invadió el living.
Mi carcajada derrumbó el geiser.
—Ya lo sabíamos, manito
—Nnno, no, no, no quise decir eso… ¿cómo se dice, Selene? Homo...¡no! ¿hetero?...
—Puto, manito, también se les dice putos.

Huí del living y me encerré en el baño para evitar las consecuencias de sus propias confesiones.

lunes, marzo 03, 2008

Quiero que me quieras










Gabriel García Márquez.
Esquire (Edición española)
P.p. 64
Enero 2008



lunes, febrero 18, 2008

El martillo




Insistí en que no quería quedarme sin agua.
Hasta el cansancio lo repetí.
El problema del conjunto habitacional donde vivo es que tengo
un par de vecinas con hambre de control sobre todos los que habitamos ahí.
Las dos hacen honor a los paradigmas dignos de los multifamiliaresmexicanos.
Una de ellas, gorda, fea y pobre. Con tres pubertos y un esposo buena gente.
Es la clásica vecina que te cierra la puerta en la cara.
La que te acusa de ruidosa, borracha y conflictiva.
—Y a veces hasta de puta—
Ella se llama Natalia y vive en la casa número uno.
Paz es mi otra vecina. Soltera, conservadora y rebasa los 50 años.
Tranquila, accesible, pero perfeccionista.
***
Hace tres años que vivo ahí y desde hace tres años sufro
el mismo problema: agua.
Casi nunca falta el agua, pero algunas veces es necesario que
activemos la bombapara llenar nuestro tinaco y cisterna.
Mis vecinas insisten en controlar la bomba, al grado de que
la han encerrado en una jaula, cuya llave duerme solamente en sus casas:
—Yo la pongo todas las mañanas, no entiendo porqué no tienes agua.
—No se trata de que entienda, sino de que prenda la bomba.
—Es que siempre es lo mismo contigo. Por tu culpa pagamos más luz que antes.
Todo el tiempo quieres la bomba.
—Cómo quiera, pero prenda la bomba o présteme la llave.
***
Requerí una copia de la llave al menos unas seis veces antes del
terrible episodio de ‘el martillo’.
Siempre recibí una negativa.
Veamos.
—Doña Natalia hace días que me estoy quedando sin agua
¿Me puede prender la bomba o prestar su llave para sacarle una copia?
—Yo la prendo todas las mañanas, no entiendo porqué no tienes agua.
—Ajá ¿Por qué no me presta su llave?
—No, dile a la señorita Paz, a ver si ella te autoriza tener una copia.
La verdad es que no te la mereces.
***
—Doña Paz, hablé con la del uno, le he pedido una copia, pero ya ve
que no le caigo ¿Usted podría hacerme el favor?
—Mira, Selene, lo que pasa es que… mira, yo, este, mmm, no tengo la llave.
***
El episodio
Días antes de que todo ocurriera yo solicité amablemente la copia de la llave,
que por supuesto, me negaron.
Ese día andaba de muy mal humor. Alguien se había comido mi queso
philadelphia y nadie aceptaba la culpa.
Mi nana, Lupita, me avisó que mientras lavaba la ropa el agua se había acabado.
—Dile a Xu que le avise a doña Paz, estoy de muy mal humor.
Minutos después, mi nana me dijo:
—Dice Xu que tiene sueño, que ahí luego.
—Hija de la chingada… ¿Tiene candado la jaulita de la bomba, verdad?
—Sí, chula.
—¿Con qué rompo un candado? ¡Dame el puto martillo!
—Pero…
—Lupita, por favor…
***
Cogí el martillo y me salí de la casa. Me dirigí directamente a casa de Doña Paz.
Toqué el timbre y esperé unos segundos.
Cuando doña Paz abrió su puerta, se encontró con una mujer de sonrisa forzada, ojos desorbitados y jugueteando con un martillo negro entre sus manos.
—¿Qué pasó Selene?
—Que me quedé sin agua, doña Paz— dije, mientras la mano que sostenía el martillo
golpeaba la otra mano con leves toques.
—¿Cócomo?— titubeó fijando su mirada en el martillo.
—Así, normal. Como sucede siempre que quieres agua y del grifo no sale nada.
Doña Paz le dije que no quería más problemas con el agua ¿Me prende la bomba?
—Pepero no tengo copia.
—Excelente. No se preocupe. Voy a romper ese puto candado que ya me tiene
hasta la madre y mientras ustedes sigan poniendo esas mamadas,
yo seguiré rompiéndolos ¿Estamos? Con permiso.
—¡Selene! Espera… creo… que… mira… es que…
—No le entiendo doña Paz.
—Este… mira… yo… sí tengo una llave, ya me acordé.
—Ah mire que oportuno su recuerdo.
—Ten, te regalo mi llave.
—Gracias doña Paz. Con permiso.
***
A los pocos días, el resto de mis vecinos ya sabían los pormenores de
mi encuentro con la señorita Paz. Un poco desvirtuados, claro está,
pues mi vecina narró que la amenacé. Que quería yo sorrajarle
el martillo en la cabeza. Admito que mi cólera me llevó a pensarlo,
pero les juro jamás la amenacé.
***
Pinche vecina que soy: ruidosa, borracha, conflictiva, puta y cuasi homicida.
***

La imagen fue extraída de: http://macedoniamagazine.frodrig.com

jueves, febrero 14, 2008

Breves historias de un 14 de febrero


Las últimas horas

En unos cuantos minutos el trienio de Doger terminará. Ya lo dijo quien lo dijo: “No hay plazo que no se cumpla” Por razones políticas, ese plazo tiene un valor extra en esta redacción.
No me había percatado del final, ni siquiera porque ahora faltaban 37 minutos,hasta que se decidió la foto principal de la contraportada.

—¿Qué foto llevamos de contra?— gritó le editor
—¡Me vale madre!— contestó el director apresurándose a la puerta.
—Lleva por favor, la de Raymundo Vega colocando la fotografía de Enrique Doger en el Salón de los Presidentes— ordenó Zeus.

En ese momento entendí: esto es el final.






Ojos que se caen

Ahora resulta que tienes los ojos escurridizos.
Que huirán de tu cuerpo en una década.
Así de fácil lo dijiste: Ellos se van para el 2018.
Tomarán un camino incierto y abandonarán tu hermoso rostro.
Y todo comenzó con una simple infección, explicaste.
—¿Cómo es eso posible?— pregunté.
—No lo sé, me lo acaban de avisar.

El abrazo

Sus compañeros de trabajo intentaron sonrojarlo.
Pero nada lo consiguió más que mi afirmativa.
Dos de sus compañeros me pidieron que le diera un abrazo.
Yo, sonriente, accedí. Bajo el ridículo argumento de que faltabanunas horas para el 14 de febrero.
El mero día “rojo capitalista” tenía en su MSN una petición que logró conmoverme: “necesito que me apapachen”
Tranquilo, le sugerí, sólo es un día comercial, no implica nada sentimental.
—Pero se me hace eterno.
—¿Qué te pasó? ¿Te dejaron un día como hoy?
—Sí ¿Se nota mucho?
—Afortunadamente ya ha pasado un año o más, pero entre más, menos duele.
—Creo que es al revés.

Las putas

En efecto, el 14 de febrero es un mal día para los excesivos gastos que marca la tradición capitalista.
Debieron elegir el 15, el primero o el tercero.
¡Pero el 14!
Por dios ¿quién tiene dinero el último día de quincena?
—Como tú eres el soltero, esta noche, pinche Miguel, tú invitas las putas.
—¿Putas, hoy? Pero tú tienes novia.
—Se enojó conmigo. ¡Invita las putas, pinche Miguel!
—Já, sólo tengo 20 pesos ¿Nos alcanza?
—Le voy a llamar a mi novia, a ver si me perdona.







Fotografía: Ulises Ruiz/CAMBIO

lunes, enero 14, 2008

Síndrome premenstrual


Apenas habían pasado cuatro días y volví a casa.
Eran las ocho de la mañana cuando mi madre abrió la puerta.
Durante el viaje, imaginé el rostro que pondría mi hermana cuando
le mostrara su nuevo abrigo.
Brincaría de gusto y se lo mediría enseguida.
—Checa lo que hay dentro y dime para quién es— le solté en el comedor
—A ver…— dijo escrutando en la bolsa, mientras sonreía nerviosa.
—¡Ay! ¿Es para mí?
—Sí— respondí, mientras ella corría al espejo del cuarto de su hija a medírselo.
***
Desayunando el tradicional huevo con chile que prepara mi mami, mi hermana soltó:
—Estoy muy triste por mi casa
—¿Pog?— pregunté con medio taco de huevo con chile en la boca.
—La recámara grande quedó chiquita.
—Jajaja ¿qué dices?
—Que en la recámara principal no cabe la cama que ví en el catálogo
—¿Cuál catálogo?
—Uno que compré una vez que empecé a construir el departamento.

—¿Y qué pasa con la recámara principal?
—¡No me caben dos burós!
—Ajá… entiendo la frustración ¿Y las otras recámaras?
—¡Están enormes!
—¿Y por qué no te vas a una de esas?
—Porque la principal tiene baño…
***
Antes de terminar con el desayuno, entró mi hermano
y también ingeniero de la obra.
—Manito, la gorda no está contenta con su departamento.
—Aguanten, ahorita vuelvo, me llaman
***
—Manito, que la gorda no está contenta
—A ver ¿qué pasó?
—Es que no quepo, . Necesito una recámara grande, que entre una cama grande.
—¿Y qué propones?
—Que lo agrandes
—¿Por qué no tomas otra recámara?
—Porque quiero esa
—Bueno, si tumbamos este muro de aquí (dijo señalando el plano)
ganarías 50 centímetros.
—¿Ya me caben mis dos burós?
—Sí.
—También cambia la puerta de lugar, quiero entrar por la sala.
—Está bien.
—Oye— intercepté —¿cuánto le costará tirar el muro?
—Mmm… pues ese ya está repechado, como 5 mil pesos construirlo
de nuevo más la tirada, es mano de obra.
—¿Estás segura?— pregunté.
En esos momentos (ya estábamos en la recámara) Ella caminó vacilante hacia el armario.
Se escondió entre la ropa. No decía nada.
Mi hermano y yo discutíamos la ampliación.
Ella viró y sus ojos estaban inyectados de lágrimas.
Mi hermano y yo enmudecimos.
Se sentó en la orilla de una cama, sin decir nada.
Sollozaba.
Se limpiaba las lágrimas e intentaba decir algo, pero se ahogaba en su llanto.
—Ya voy a tumbar tu muro, manita, ya no llores.
—Ya gorda, al rato se arregla todo.
Ella seguía llorando, inconsolable en la orilla de la cama.

Mi madre escuchaba todo de lejos.
—¡Yaaaaa Itaaaaaaaaaa trrranquilízaaaateee!—
gritó mi madre tartamuda desde su recamara, lugar que le fue imposible abandonar,
pues minutos antes había decidido prender un aparato que le hace vibrar
—uno que venden en la tele—, llamado Slow Motion, o algo parecido.

—Es que 50 centímetros son muchos ¿verdad, Selene?
—Mmm… no sé calcular, gorda. Supongo que sí. Cabría tu segundo buró.
—Sí, eso quiero— repuso ya más tranquila.
***
Al medio día, Ita y yo andábamos en el centro de la ciudad.
Ella arregló unos asuntos pendientes con un paciente,
y yo simplemente la esperé en una banqueta.
Una hora más tarde, rumbo a su consultorio en Santa Fé me dijo:
—Creo que 50 centímetros son pocos ¿no crees?
—Mmm, pues creo que sí cabría tu segundo buró.
—¿Pero más de cinco mil pesos?
—Mira, cada vez que lo veas, le dirás ¡Tumbé un muro por ti!
—Márcale al gordo— dijo nuevamente con lágrimas en los ojos.
—¿Qué te pasa?
—No quiero tirar el muro
—¿Pero, por qué lloras?
—No sé, manita…
—¿Estás bien?
—Es que voy a menstruar…
—¡No mames! Jajaja ¿Tiraste un muro por síndrome premenstrual?
—Sí, creo que sí…buuuuuuaaaaaaa
Buaaaa.
Lloró y lloró.


Aunque los albañiles ya tenían órdenes de deshacer el muro al medio día,
prefirieron abrir sus respectivos desayunos,
para fortuna de las hormonas de mi hermana, de mi hermana y de todos nosotros.
La imagen fue extraída de: www.aransite.com.ar/Obra38.htm